El Baldón: Benito y Joseph
Por: José Miguel Cobián
El 21 de marzo se conmemoran
doscientos seis años del nacimiento de Benito Juárez. Llegará también por esas fechas el líder del
catolicismo, el papa Benedicto XVI a tierras mexicanas. Por la actitud del partido conservador en el
gobierno, pareciera que en México la figura de Benito Juárez no está vigente, y
en cambio, la presencia del papa Ratzinger es un evento de clase mundial.
Curiosamente ambos, el uno en el
pasado y el otro en el presente, luchan por sacar de la pobreza a los más
débiles, que en el caso de México son los indígenas, y que debido a modelos
económicos fracasados, tienen cientos de años viviendo un infierno en la
tierra.
Así como Juárez fue y es
repudiado por los conservadores. El papa tiene miles de detractores. Y así como Juárez fue traicionado
y manipulado por algunos de sus colaboradores, el papa también hoy en día es
traicionado en sus objetivos y manipulado en beneficio de otros.
Joseph Ratzinger llega a México en
medio de una contienda electoral, lo que convierte inevitablemente su visita en
un asunto político, e incluso intervencionista en los asuntos internos de México,
independientemente de quienes quieren disfrazar la verdad, a pesar de que
mentir es un pecado. Y así como no me
gusta que Estados Unidos, Rusia, Irán o Cuba intervengan en México, tampoco me
gusta que el Vaticano intervenga en México.
La lucha actual es por las
reformas constitucionales, que en este momento no afectan el estado laico, pero
que buscan –confesión expresa e indiscutible-, mayor libertad e influencia de
la Iglesia Católica (que no de todas las iglesias), para participar activamente
en el adoctrinamiento ya sea en escuelas públicas, o mediante medios de
difusión masivos, como periódicos, radio y televisión, entre otros
objetivos. La pregunta que sale a flote
es si Benedicto XVI sabrá a fondo lo que busca la reacción mexicana, o viene
con toda la buena voluntad del mundo y aprovechará su reunión a solas con el
presidente para solicitar algo que para un europeo puede ser lo más normal,
pero que dentro del contexto histórico de México puede resultar extremadamente
peligroso para un país como el nuestro.
Baste recordar el sometimiento de
los mexicanos a las reglas de la Iglesia Católica que llevaron a las leyes de
Reforma y la consiguiente guerra, pues el establecimiento del registro civil y
comenzar con la educación pública y laica para ese 94% de mexicanos que no
sabían leer y escribir pues no tenían acceso a las escuelas confesionales, con
la consiguiente pérdida de control para la Iglesia, más la expropiación (con
indemnización) de terrenos improductivos para que los trabajara un pueblo
muerto de hambre, fueron vistos como ofensa y ataque a una curia privilegiada y
opulenta. Si partimos de allí, para
evitar la ignominia de la conquista con espada y cruz, continuamos con los
múltiples apoyos a Santa Ana y sus innumerables regresos al poder. Los
chantajes a Porfirio Díaz y manipulaciones en el lecho de muerte a su amada, y
de allí hasta llegar a la guerra cristera, impulsada por Plutarco Elías Calles,
para eliminar a Álvaro Obregón, más no por ello se libera de la responsabilidad
por los asesinatos a sangre fría y actos de crueldad inaudita llevados a cabo
por ambos bandos, aunque uno de ellos lo hacía por amor a Dios.
Lamentablemente cuando el poder
religioso movido por la ambición se acerca a los poderes terrenales, los
mexicanos lo hemos pagado con sufrimiento, dolor y sangre. Cuando a Dios se le ha dado lo que a Él
perteneces, siempre hemos sido bendecidos con sacerdotes, religiosas, y laicos
dedicados a labores propias de la expansión del amor al prójimo. De ahí la enorme preocupación de que el
edificio de un país laico construido por Juárez y las generaciones posteriores,
pueda desaparecer mediante reformas a la Constitución, originadas con fines más
oscuros que la pública afirmación de la búsqueda de una mayor libertad religiosa.
En México los asuntos de la
relación Iglesia Católica-Gobierno deben tratarse con mucho cuidado, y la
liberalización de algo que ha funcionado bien hasta la fecha, a pesar de las muchas transgresiones y
simulaciones, debe ser analizada a fondo por una legislatura de mayores alcances
que la actual. La propia Iglesia ha
puesto el ejemplo al realizar sus cambios con mucha prudencia y sin la mínima
prisa. No sea que en el futuro cercano,
nos veamos obligados a guardar un minuto de silencio por los ideales de una
patria libre e independiente y nos veamos obligados a reconocer ante las
próximas generaciones que no fuimos dignos herederos de esos héroes que como
Juárez nos han dado Patria y Libertad, y que sumisos ante un poder terrenal que
influye en el 80% del electorado hicimos lo incorrecto para quedar bien en el
corto plazo, a pesar del daño a la Nación en el largo plazo.
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